El tango me llegó clandestinamente, como todas las cosas buenas en la vida. Un casette viejo, la voz del Polaco resonando en una cinta negra de un TDK reciclado y la magia se dejó ver, instantáneamente, implacable.
El tango fue al principio música antigua y lejana, casi una cosa de los viejos, algo ajeno. Era el sonido en la madrugada las noches de insomnio en la casa de mis abuelos, ahí, en Sitio de Montevideo. La oscuridad, el ruidito clásico de la AM mal sintonizada y los vozarrones que para mi sonaban todos a Gardel.
¿Y este quien es? Le insistía yo a mi abuela, empuñando la taza de café con leche que me hacía religiosamente todas las mañanas. Y Adela sabía con exactitud que cantor entonaba en cada tango, ¡Y que orquesta!: cosa de sabios.
Patio, cielo siempre celeste, olor a parra, vereda de mate y viejas chusmas, adoquines, domingos de fútbol y fideos. El misterio adentro de los ojos de una nena de diez años. Todo ese paisaje se me quedó adentro, y nunca lo pude soltar.
Pero un día volvió todo aquello. Eso de “barrio de tango, luna y misterio”, se hizo piel. Y retornó, como el olor a jazmín y el color de los ojos pardos de la abuela, como la frescura del patio, la voz del abuelo gritando los goles del equipo de sus amores, la lluviecita golpeando el cordón de la vereda.
Lo que no se puede explicar es casi siempre lo más genuino. Hay algo en el tango que me devuelve a la infancia, a ese misterio enrededandome el corazón. Ahora se que no todos son Gardel, que Pugliese era un genio, y que también estaba Troilo…
De todas formas, gastar palabras en explicar esto es casi inútil… dos o tres cosas en la vida no puedo explicar y eso es hermoso. El tango, sin dudas, es una de ellas.
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(Brindo, abuela, por tu vestido batón con florcitas, el café que me hacías y las tardes infinitas al lado de la radio).
Sunday, December 12, 2010
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