Al principio fue un sonido bruto que surgía de la mesita de luz de mis viejos y yo miraba con extrañeza. Ella susurraba a mi lado cuando yo asaltaba la cama parental, y yo la acechaba con mis ojos de tres años.
Coqueteaba conmigo. Gris, con una casetera, un dial durísimo y la antena siempre en alto.
No recuerdo el día en que la toqué por primera vez, en que acaricié sus botoncitos, en que descubrí el enchufe. Estoy segura que aquella primera vez fue lejos de la vista de mis viejos.
Un día, cuando tenía cinco, mi viejo me sentó frente a ella. Hablále, me sugirió.
Un par de TDK viejos guardan aquellas conversaciones que mantuvimos. Me devolvió la voz agudísima de una gargantita ansiosa, ya por entonces. Mi hermano quería conversarle, pero yo le robé su tiempo también. Ella era mía, o pretendía conquistarla.
Mi dedo índice abusó del rec. La conocía a la perfección. Nadie apretaba el forward (>>) y el rewind (<<) tán ágilmente como yo.
Fui actriz, locutora, notera. Hice radioteatros de tardes de lluvia. Grabé el primer tema de rock que entendí y almacené en secreto las voces de mis viejos en sus treinta…
Y cuando a los doce o trece aprendí a manejar el dial tosco en la oscuridad y saber perfectamente si era Continental, Mitre o La Red, o si era un tema de La Rock and Pop o de Aspen, ahí, ahí, pasamos a entendernos, y ella comenzó a hablarme también.
Dolina me enseñó la magia de no madrugar, y fui insomne desde entonces.
Un Mochín Marafiotti amargó dulcemente alguna vez mis noches.
Cuando se cortaba la luz Cerasuolo me leía a Neruda.
El pop chicle con gusto a tutti fruti de una gorda con buena voz.
Fútbol, polémica, hinchas trasnochando y armando diferentes selecciones los días en que el negro terminaba y yo seguía despierta.
La Perlé es cinéfila. Y pronuncia “La vie en rose” como nadie.
Una radio cooperativa leyó mis poesías y me consagró aspirante o proyecto de escritora. Y yo agradecí la mentira.
El gordo Rosso me explica los setenta.
Los veranos con Bobby Flores.
Y Castelo explicándome porque quizás debía estar donde estoy ahora.
La radio es un invento que escapa a los cableríos, los módems y los acuerdos de Hadad y del grupo Clarín.
Las amplitudes moduladas y las frecuencias son nombres de mujer que califican con números hitos en la cordillera de mis recuerdos.
Hoy, como otros días que ensayo metáforas para explicarla, suelo preguntarme a dónde se fueron todas esas voces.
Me parece que la mayoría se me juntaron en el pecho y se conversan los días de humedad, en el café que nadie inauguró, donde el fiado es ritual y todas las mesas dan a la ventana.
Saturday, June 10, 2006
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aa
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