Thursday, June 22, 2006

Zulma

Zulma derrota su propio anonimato estrujado en las estrechas paredes de su casita sobre Liniers al 200.
Sale y enfrenta la soledad y la hace pública. Narra su tragedia a modo de efímeres, y no importa si uno la quiere escuchar o no, simplemente estrechar su hombro implica dejar vía libre a su relato.

A veces no dice nada y solo sonríe, con esos ojos de nena brillantes, te mira honesta y limpia, como si nunca hubiera dejado de tener cuatro años.

Anda vagueando por la plaza y se sienta en uno de los banquitos si el sol del verano o el viento del invierno la azotan. La llave en el cuello, la mirada perdida, las manitos sobre las rodillas.

-¿Hola Zulma, como andás?

La saludo, doy vía libre a su angustia y le dejó algunas monedas o pan. La escena se repite seguido en el mes, los días en que yo misma cargo con mi tristeza evito la de ella, pero a veces nos encontramos y es imposible cruzar lágrimas. Ella las deja caer, yo no.

Zulma me acaricia el pelo desde su metro cuarenta y pregunta por mis pretendientes. La respuesta "esperando en fila, en la puerta de casa" la hace reír a carcajadas y es una nena otra vez.

Viuda, pequeña, esquiva adoquines y más de una vez cayó en ellos. Se levantó más vieja, amarga y malhablada, como si golpearse en la calle sumara años.

Una vez me acuerdo que hablamos de tango. Ella escuchaba mucho a Julio Sosa, y desde mis pobres conocimientos la acompañé en la nostalgia. La radio le hablaba de noche como a mí, y las soledades nuestras, diferentes, también se estrechaban la mano con el dial.

Zulma tiene setenta y pico, el pelo negrísimo y los ojos grandes como los adoquines dónde se suele caer.
Olvida los nombres de los vecinos, siempre parece enfrascada en alguna reflexión, rara vez anda lejos de Liniers o 25 de Mayo. Incursiona a veces en la Estación de Temperley y pasa cerquita del andén con equilibrio, como riéndose de su mal caminar y de la buena suerte.

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